Cuando todo parece moverse a nuestros pies.

por | Jun 27, 2026 | Salud Mental | 0 Comentarios

Siempre he dicho que escribir es, para mí, un acto profundamente terapéutico. Hoy siento que es el momento de recurrir nuevamente a la escritura.

Hoy no escribo únicamente como psicóloga; escribo también desde un lugar profundamente humano. Escribo como venezolana que siente el dolor de su país, como migrante, madre, esposa, hija, amiga y, sobre todo, como una persona que también experimenta tristeza, miedo, incertidumbre y todas esas emociones que forman parte de la experiencia de ser humano.

Escribo, además, movida por un propósito que va más allá de expresar mi sentir. Deseo aportar un pequeño grano de arena desde mi profesión ante una tragedia que ha tocado la vida de miles de personas y ha dejado una profunda huella en el corazón de toda una nación.

Como venezolana, me duele profundamente lo ocurrido el pasado 24 de junio (2026). Me duele pensar en quienes han perdido a sus seres queridos, en las familias que continúan buscándolos con la esperanza intacta, en quienes permanecen atrapados entre los escombros, en las madres y los padres que recorren hospitales y refugios con la ilusión de encontrar a sus hijos.

Pienso también en quienes hoy no tienen un hogar al cual regresar; en quienes observan, desde las calles, cómo el lugar donde construyeron recuerdos, donde crecieron o vieron crecer a sus hijos, se ha convertido en un paisaje de escombros. Cada historia representa una pérdida inmensa y un dolor que trasciende cualquier palabra.

Recuerdo que ese día acababa de terminar una llamada con mi mamá cuando comencé a revisar las redes sociales. Al principio vi algunas publicaciones aisladas sobre lo sucedido, pero no fue sino hasta unos minutos después, cuando diferentes medios empezaron a compartir imágenes e información, que comprendí la verdadera magnitud de la tragedia.

La llamé nuevamente y le pregunté: «¿Viste lo que pasó en Venezuela?». Inmediatamente comenzamos a comunicarnos con nuestros familiares para confirmar que todos estuvieran bien.

Estar lejos de tu país mientras ocurre una tragedia de esta magnitud produce una mezcla difícil de describir: preocupación, impotencia, tristeza y un inmenso deseo de poder ayudar. Sin embargo, durante los años que llevo viviendo fuera de Venezuela he descubierto algo que siempre me conmueve: tanto en los momentos de alegría como en los más difíciles, la distancia desaparece. No existen fronteras cuando el dolor es compartido; existe fraternidad.

Una de las capacidades más valiosas que poseemos los seres humanos es la empatía. Es la capacidad de comprender el dolor del otro y conectar con su experiencia desde el respeto y la sensibilidad. Como psicólogos, esta es una habilidad socioemocional que cultivamos profundamente, pues constituye uno de los pilares fundamentales de nuestro acompañamiento terapéutico.

Sin embargo, hoy siento que mi llamado va más allá de la empatía. Lo que hoy mueve mi corazón es una profunda compasión: ese deseo genuino de aliviar, acompañar y servir desde quien soy, pero también desde todo aquello que he aprendido a lo largo de mi formación y experiencia como profesional de la salud mental.

Esa es la intención de este texto, que comparto de manera gratuita y con todo mi cariño: que puedas encontrar en estas palabras alguna herramienta que te ayude a transitar este momento tan difícil que vive mi país, Venezuela.

Más que un texto académico, este es un texto profundamente humano. En cada una de sus líneas habita el sentir de una venezolana que intenta comprender su propio dolor mientras reconoce que ese dolor también pertenece a miles de personas que hoy atraviesan una experiencia similar.

Quizá en este momento estés sintiendo miedo, tristeza, impotencia o una inmensa necesidad de llorar. Tal vez experimentes ansiedad, estrés, dificultad para dormir, hipervigilancia o pensamientos repetitivos y catastróficos que aparecen una y otra vez. Es posible que las noticias te abruman, te desalienten o despierten una sensación constante de incertidumbre.

Si es así, quiero decirte algo importante: todo eso es una respuesta humana ante una situación extraordinaria.

El miedo también puede ser colectivo. La incertidumbre por familiares, amigos y vecinos se vive en comunidad. Muchas personas ya venían atravesando pérdidas, enfermedades, duelos o situaciones difíciles antes de esta tragedia, y hoy sienten que el peso emocional se ha multiplicado. Otras permanecen en estado de shock, intentando comprender una realidad que parece imposible de asimilar.

Por eso, no te sobreexijas.

Es válido sentir. Es válido llorar. Es válido hablar, pedir un abrazo o simplemente guardar silencio cuando las palabras no alcanzan.

No es más valiente quien aparenta ser fuerte; muchas veces, la verdadera fortaleza consiste en darse permiso para sentir, reconocer el propio dolor y respirar profundamente para encontrar la fuerza necesaria para seguir avanzando.

Este también es un momento para la solidaridad. Más que hacer comunidad, estamos llamados a Ser comunidad. A compartir el dolor, pero también la esperanza. A convertirnos en la mano que sostiene, en el abrazo que consuela, en la palabra que acompaña y en el gesto que devuelve un poco de calma a quien la ha perdido.

Y para quienes encuentran refugio en la espiritualidad, este también puede ser un tiempo para reencontrarse con el poder de la oración, más allá de cualquier religión. Porque, en esencia, orar también es una forma de conectar, de sostenernos mutuamente y de mantener viva la esperanza cuando todo parece incierto.

También es importante comprender lo que ocurre en nuestro cerebro durante una emergencia de esta magnitud. Frente a un acontecimiento inesperado y potencialmente amenazante, nuestro sistema nervioso activa mecanismos de supervivencia para protegernos. Entramos en un estado de alerta que nos permite responder al peligro, pero que también puede generar un importante desgaste físico y emocional.

Una crisis ocurre cuando una situación sobrepasa los recursos de afrontamiento que una persona posee en ese momento. En un evento como un doblete sísmico, las consecuencias no se limitan al daño material o físico; existe también un profundo impacto psicológico y emocional que afecta a las personas, las familias, las comunidades e incluso a las instituciones.

Es común experimentar una pérdida de la sensación de seguridad, una percepción constante de riesgo y una profunda desorganización emocional. Todas estas reacciones son esperables frente a un acontecimiento tan extremo como el que hoy atraviesa Venezuela.

Comprender esto no elimina el dolor, pero sí puede ayudarnos a entender que muchas de las emociones y reacciones que estamos experimentando forman parte de una respuesta natural de nuestro organismo frente a una situación extraordinaria.

Ahora bien, ¿cómo podemos afrontar momentos tan difíciles, desgarradores y dolorosos como este?

Lo primero es comprender que cada persona vive una crisis de manera única. Cada uno cuenta con una historia, unas experiencias previas y unos recursos emocionales distintos que influirán en la forma en que transita este momento. Todos tenemos nuestro propio ritmo para percibir, procesar, comprender y responder a lo que está ocurriendo.

No todos reaccionamos de la misma manera, y eso no significa que una forma de afrontar el dolor sea mejor que otra. Simplemente somos seres humanos distintos, con historias diferentes.

Con el deseo de acompañarte en este proceso, quiero compartir algunas herramientas que, desde la psicología, pueden ayudarte a cuidar de tu bienestar emocional en medio de esta situación.

  1. Mantén el contacto con tus seres queridos.

Llama a quien necesites. Busca a esa persona que pueda ofrecerte un abrazo, escucharte o simplemente permanecer a tu lado. La conexión humana tiene un enorme poder reparador. Un abrazo, por ejemplo, favorece la liberación de oxitocina, una hormona que contribuye a generar sensación de seguridad, disminuir el estrés y la ansiedad, y favorecer la regulación emocional.

  1. Infórmate a través de fuentes confiables.

En momentos de crisis es común que circulen rumores o información sin verificar. Procurar acceder únicamente a fuentes oficiales y confiables puede ayudarte a disminuir la confusión y la incertidumbre.

  1. Limita la sobreexposición a las noticias.

Mantenerte informado es importante, pero permanecer expuesto constantemente a imágenes y noticias relacionadas con la tragedia puede aumentar la ansiedad y el malestar emocional. Si notas que la información comienza a desbordarte, date permiso para hacer una pausa y realizar actividades que favorezcan tu bienestar: salir a caminar, leer, dibujar, escuchar música o simplemente tomar unos minutos de sol.

  1. Cuida tus necesidades básicas.

En medio del dolor solemos descuidarnos. Sin embargo, descansar lo suficiente, alimentarte adecuadamente, mantenerte hidratado y realizar algún tipo de actividad física, aunque sea ligera, son acciones fundamentales para proteger tu salud mental y ayudar a tu organismo a afrontar el estrés.

  1. Habla de lo que sientes.

Expresar las emociones no es una señal de debilidad; es una forma saludable de procesarlas. Conversa con alguien de confianza, escribe lo que estás viviendo o busca espacios donde puedas expresar libremente lo que llevas dentro. Darle voz al dolor evita, muchas veces, que sea el cuerpo quien termine manifestándolo.

  1. Pide ayuda cuando la necesites.

No permitas que el orgullo o la idea de tener que poder con todo te impidan buscar apoyo. Contar con una red de personas que escuchen, acompañen y sostengan puede hacer una gran diferencia en la manera en que atravesamos una experiencia tan difícil. Pedir ayuda también es un acto de fortaleza.

  1. Participa en acciones solidarias.

Si tienes la posibilidad de hacerlo, únete a iniciativas que estén brindando apoyo a las personas afectadas. A veces pensamos que nuestro aporte es pequeño, pero incluso el gesto más sencillo puede convertirse en un inmenso acto de esperanza para quien hoy más lo necesita.

Creo que nadie está verdaderamente preparado para enfrentar una tragedia de esta magnitud. La naturaleza nos recuerda, una vez más, nuestra vulnerabilidad.

Pienso inevitablemente en la tragedia de Vargas de 1999. Aquel desastre marcó profundamente la historia de Venezuela y dejó heridas que, para muchas personas, siguen presentes. Hoy, algunas de las comunidades que vuelven a verse afectadas cargan también con aquella memoria colectiva. Cuando una experiencia traumática se repite o guarda similitudes con otra vivida anteriormente, es natural que resurjan emociones, recuerdos y temores que parecían haber quedado atrás.

Sin embargo, nuestra historia también nos recuerda algo profundamente esperanzador: los venezolanos hemos aprendido a sostenernos unos a otros incluso en los momentos más difíciles.

Hoy mi corazón está con Venezuela.

Como venezolana, comparto el dolor de quienes han perdido a un ser querido, de quienes continúan buscando respuestas y de quienes, como muchos de nosotros que vivimos lejos de nuestra tierra, sentimos la distancia con una intensidad aún mayor, aunque permanezcamos presentes de corazón.

Como psicóloga, sigo creyendo profundamente en la fuerza que nace cuando nos acompañamos como comunidad.

Tal vez no podamos evitar que la tierra tiemble, pero sí podemos sostenernos cuando sentimos que todo se mueve bajo nuestros pies.

Ese ha sido el propósito de este escrito: ofrecer comprensión, presencia y humanidad en un momento que nos recuerda nuestra fragilidad, pero también nuestra extraordinaria capacidad para cuidarnos, reconstruirnos y seguir adelante juntos.

Porque cuando la tierra tiembla, también tiemblan nuestras emociones.

Y cuando nos acompañamos, también florece la esperanza.

Si estas palabras logran que una sola persona se sienta comprendida, acompañada o un poco menos sola, entonces este texto habrá cumplido su propósito.

Con cariño,

Sorsiré Arguinzones
BS in Psychology
Family & Couple Coach

 

 

 

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